Un domingo para lunes
Domingo, único día, que te dice que debería seguir el fin de semana. Aunque en el fin de semana no se haya hecho nada más que dormir. Sólo pensar que mañana sería lunes, destruía el maravilloso mundo que empezó el viernes, de pronto sólo pensaba:
Es el último año de colegio, ¡ya no falta nada para que acabes!, era casi septiembre y ahora más que nunca quería acabar el colegio, mientras mis compañeros se sentían melancólicos porque ya no se iban a ver yo simplemente ya no quería regresar más, y creo que era así también para mis amigos más cercanos que dicho sea de paso nos hicimos inmortales en el colegio porque nos tildaron de grupo rebelde y malcriado que hasta se dieron el lujo de llamarnos “lideres negativos”
Eran más o menos las diez tirando para los once de la noche y no podía pegar el sueño, nunca fui de los que se acostaban temprano, pero si de los que se levantaban no muy tarde, hasta podría afirmar que si tenía “algo importante” que hacer al día siguiente en la mañana, era muy probable que lo hiciera, pero como no había mucho que hacer me levantaba tarde, además en mi colegio los alumnos de la secundaria iban a clases en las tardes.
Estaba tirado en mi cama mirando aquel artículo colgado en la pared, que te dice que el día está acabando, que cada vez se acorta más el tiempo de sueño, viendo el reloj me acordaba de la canción de Ricardo Arjona cantando la parte y el cadáver del minuto que pasó, mientras tanto yo no hacía nada más que pensar en las cosas que tendría que hacer al día siguiente, de aquellas “cosas importantes” que harían que me levante más temprano, traté de atraer ese recuerdo a mi mente y no lo logré, era tarde y en lo único que podía pensar en que quería dormir y no lo conseguía.
De pronto mi papá entraba mi cuarto a decirme las cosas que tenía que hacer mañana, mientras me daba la misión del día siguiente, yo lo miraba y veía al profesor de Mafalda ese que cuando habla no se le entiende nada.
Siempre consideré mi cuarto un lugar mío, aunque casi toda mi vida lo compartí con mi hermano, pero aún así, siempre considere ese mi territorio, mi selva, donde yo era el protagonista principal, el sitio donde yo ponía las reglas, donde dormía y al otro día despertaba seguro, con vida. Era el sitio donde yo me sentía adulto dentro de lo que yo consideraba mi mundo y mi desorden.
Llegaba el lunes, aburrido, nublado, con un aire de cansancio. En las calles casi se podía oler el sueño de las personas, que caminaban cual títeres a sus quehaceres, y hasta se podía diferenciar quienes necesitaban más minutos de sueño. Salía de mi casa como a las ocho de la mañana, un poco tarde para quienes tienen un horario jodido en el mundo laboral, que en un futuro me podría tocar a mí y mientras pensaba eso me acordaba de rezarle a Dios y darle gracias por un día más de vida y porque mi vida tome un rumbo importante, ¡ah! Y también para que cuando tenga un trabajo no me dé un horario jodido. Ya eran las ocho y media, y siempre me encontraba con el portero:
-Maestro, decía yo.
-que tal, me respondía él, era un saludo sólido y simple, un saludo de lunes. Siempre me gusto ese tipo de personas, esas que te contestaban con lo necesario, esas que no te hacían preguntas de tu vida como si te conocieran, era simplemente un amigo, era el portero y su inquilino, ósea yo.
El día seguía sus pasos y yo veía a las personas caminando apuradas, algunas con uniforme y otros con ropa rutinaria, siempre me pregunte ¿Cuál era el afán de la rutina en la vida de las personas?, ¿Por qué? o ¿Quién? fue el primero en imponer el traje formal en los trabajos, como si la ropa hiciera a las personas o como si por estar mejor vestido resultarías mejor trabajador, en fin esos son los misterios cotidianos de la vida.
El día empezaba a correr y yo también, tenía deberes, tenía que pagar un recibo de luz, me paraba en la esquina de mi casa a esperar el micro o la combi que me llevara a mi destino, yo sólo esperaba que venga un tipo colgado de la puerta de un vehículo gritando con una voz no muy melodiosa,
-todo sucree, sucre, sucre, tingo maría, las Malvinas, todo sucre cincuenta, ¿habla vas? Y yo por costumbre sólo me subiría, no sin antes recalcarle:
-cincuenta ¿no? Todo sucre cincuenta ¿no? y el sin darme mucha importancia me diría:
-sí, sí, sí, sube, sube, seguido por un…
- pisa, y me sentaba casi empujado por la aceleración del chofer y caía incrustado en el asiento.
Cada vez que viajaba en un micro trataba de capturar todas las imágenes que veía. Fui muy observador en los últimos años de mi vida, pero no era necesario ser muy observador para ver los asientos escritos por algún colegial o algún palomilla hombre o mujer que quería dejar su huella por la ruta de la línea 12, habían escritos como:
-yo estuve aquí, o -chico activo busca pasivo, o mejor aún: -busco sexo casual y tal vez con el tiempo una buena amistad; ese siempre me pareció uno de los mejores, me hacían reír y cambiar lo aburrido que estaba yendo el día, llegaba casi a sucre con la mar y ya me iba parando para bajar con el típico pie derecho:
-bajan en Edenor, le decía al cobrador.
-anda avanzando chino con pie derecho, pie derecho. Y con pie derecho bajaba sin que el carro pare, llegaba a la agencia y pagaba el recibo, más me demoraba en hacer el viaje que en hacer la cola y pagar el recibo, salía de la agencia y cruzaba a la acera del frente para tomar el micro de vuelta a casa, para alistarme e ir a la escuelita, así siempre llame a mi colegio, porque era pequeño, porque era la escuelita.
Eran casi las nueve y cuarenta y entraba a mi casa, a tirarme en el sofá, prendía el televisor y no encontraba mucho que ver y lo único que trataba de hacer era quemar el tiempo, hasta la hora en que mi día se comenzara a poner monótono y rutinario, hasta dar la partida de este círculo que cada ser humano va adoptando en su crecimiento diario, yo hacia mi parte y miraba el reloj y él con un gesto me respondía que ya debía entrar a la ducha.
Eran las once y media con un par de minutos y salía de la ducha para cambiarme, para ponerme ese uniforme triste y turbio, ese uniforme que no es nada más que una distinción, ese horrible pantalón que no sé por qué que habiendo tantos colores era gris. Y me acordaba de cuando salí de mi casa temprana y vi a todas las personas uniformadas como títeres, entonces me miré en el espejo y me sentí un títere más.
No terminaba de cambiarme cuando el timbre de mi casa sonaba, sacaba medio cuerpo por la ventana para ver quien era. Era el chato impredecible como sólo él lo sabía hacer…
-¿en que estás chatín?, decía yo.
-Nada. Y me devolvía lo mismo que le pregunté
- ¿y tú, en que estás?
- En nada. Lo mismo que él me dijo…
-sube pe, le decía.
-llanto, y antes de que yo abra la puerta, él ya estaba en la puerta de mi casa. Yo vivía en un tercer piso, con una esplendida vista a la azotea de la casa de enfrente.
- ¿te quitas al Cole?
- ha, - siéntate un toque mientras me termino de cambiar.
- voy a prender la tele. Y se ponía a pasar los canales como yo lo hice hace un rato y también como yo no encontraría nada que ver.
Para ese entonces y para esa edad tenía muchas interrogantes, que en el futuro cada vez que me aliste para ir al colegio o cada vez que me aliste para ir a trabajar siempre estaría ahí, nunca odie el día y nunca lo ame pero.
¿Por qué se debía empezar la semana un lunes? Y de pronto me daba cuenta que si no se empezaba el lunes, se empezaría el martes y al fin y al cabo la misma rueda, pero creo que todo se remonta a Dios y si entramos en los temas religiosos no tendría fin esta hoja, además no soy muy conocedor de esas artes.
Uno llega a acostumbrarse a un lunes, hasta llega a salir el sol algunos días y de vez en cuando ves una sonrisa gratis volando en ese aire de cansancio en que se navega, yo aprendí a no acostumbrarme, a esperar con paciencia el otro día sin desear que se acabe rápido el día que estaba viviendo, porque en 24 horas este día sin que yo no haga nada más, se suicidaría, y yo estaría ahí para verlo suicidarse cada semana, y él estaría ahí para verme cerrar mis ojos y volvernos a encontrar al cabo de un tiempo.