Siento que nuestros hombros pesados
soportan la angustia
de los arroyos frustrados
cargamos dolores ajenos
que entran su espina de tarde,
pero en tus ojos del diamante
magnifica el agua sus derivados,
y cuando reclinas tu cabeza
lo negro brilla más que la estrella.
Pienso en tu cuerpo así...
Centelleante de nido y blancos pajares
que de la sombra del cielo
hace una realidad blanca.
Cuando miramos el piso
desde el alto ojo de la montaña,
espeja un oasis fantasma
en nuestros marcos celestes de mármol.
El agua negra de pisos en bañados
donde los siete hijos
del pecado han sido besados
por nuestros labios de ostia consagrada
Renacen en nueva telaraña marina,
espuma suculenta cuando toman
sus manos antes intratables
ahora con el calor del fuego herrero,
y la ropa de piel congestionada
donde imperan nuestras brasas
sanando las prisiones incurables.
En el mundo subterráneo que trepanamos
con uñas de cuarzo y barro,
los pecados son absueltos
por nuestras voces de mandato.
Colaboración de Ricardo Álvarez
Argentina
