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Querida hija

 

Muchos años antes de que nacieras, existías en mi mente. Siempre fuiste mi sueño. Siempre quise una hija llamada Paula Andrea. Cuándo escuchaba la canción, seguía soñando. Era algo muy especial, diferente, pleno de grandes ideales.

Familiares, amigos y muchas personas se extrañaban con mi sueño con nombre. Yo, nunca. Porque ese sueño traía una niña que me tuviese confianza, fuese amiga y una mujer que siempre me contara muchas cosas cuándo estuviese preocupada, con problemas o sus historias llenas de alegrías. Soñaba que sería una mujer plena de éxitos y logros.

Cuándo cumpliste 15 años, hubo una hermosa celebración con toda la familia. Cantamos, sentimos, reímos. Hubo mucha alegría en tus quince primaveras. Al iniciar tu bachillerato, te prometí que al terminar, te irías a estudiar a Londres. No cumplí esa promesa por una sencilla razón: eras mi niña del alma. Tendrías escasos 16. Cuándo ibas a graduarte, me arrepentí de mi promesa, porque no aguantaría que, siendo tan joven, te fueras de mi vida. Además, quería tenerte más tiempo con nosotros.

Luego, a los 18 años, cuándo ya eras bachiller, te entregué dos regalos muy preciados: un hermoso joyero, recuerdo que guardé durante más de 23 años especialmente para ti. Así mismo, seis hermosas muñecas por las que lloraste, pataleaste cuándo tenías tres años y te las había traído desde Nueva York. Prometí que te las entregaría cuándo cumplieras 18.

Un padre siempre adora a sus hijos, pero cuándo se trata de una niña, se buscan excusas para no dejarla ir pronto de casa. Yo siempre las tuve, pero nunca las dije. Hoy, te vas. Vas a buscar nuevos horizontes o lo que yo llamaría el tesoro perdido. Me he refugiado en mi silencio y mientras cuentas los días y anhelas partir, yo los cuento como queriendo detener el tiempo para que no te vayas.

No es que no desee que lo hagas, pues es tu futuro y es tu vida, como siempre te lo he dicho. Dios sabe como hace sus cosas y solamente quiero que te ilumine siempre por el “camino de la vida”, canción que me llega al alma y que en una de sus estrofas dice: “a quien se quiere más, sino a los hijos, son la prolongación de la existencia... Después cuantos esfuerzos y desvelos para que no les falte nunca nada para que cuándo crezcan lleguen lejos y puedan alcanzar esa felicidad tan anhelada...”

Por eso, hoy, cuándo ya no estarás cerca físicamente, espero encuentres esa felicidad tan anhelada. Qué logres lo que deseas y que no olvides que siempre estarás aquí. Qué te estaremos acompañando siempre. “Un padre es un hombre que espera que sus hijos sean tan buenos como él hubiera querido ser.” Espero que Dios me dé la oportunidad de volver a verte. ¡Te quiero mucho!

¡Hoy es el primer día del resto de tu vida!

Tu papá


Colaboración de Manuel Gómez Sabogal
Colombia

 

 


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